En defensa del maíz (y el futuro):
Una autogestión invisible

Por Ramón Vera Herrera | agosto de 2004

Retroalimentación

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El campesinado, los agricultores y el maíz

Entreveros de una incipiente discusión

El maíz no es una cosa: es, como la tierra, un tramado de relaciones. El embate contra el maíz es un intento por erosionar el tejido social que ha logrado que los campesinos sobrevivan por derecho y entereza.

Todavía es incontrovertible que la mayoría del mundo es campesina —y para efectos prácticos alimenta al grueso de la población— pero es cierto que nunca antes el embate contra ellos fue tan frontal. En todo el mundo, no sólo en México, se quiere desaparecer a los campesinos, el conjunto de relaciones que conforman un modo de vida que un movimiento mundial creciente reivindica como la Vía Campesina.

Millones de campesinos, la gran mayoría abrevando de culturas indígenas, siguen dispuestos a sobrevivir. La lucha por la tierra no es por un pedazo de suelo, por una cosa. Es la cosificación de la tierra uno de los agravios que enlistan las comunidades. El mero acto de fijarle un precio a la tierra de cultivo suena a afrenta, sean siete, setenta, siete mil o siete millones de pesos por metro, porque como decía uno de los campesinos de San Salvador Atenco entrevistados en el video independiente Tierra sí, aviones no, “nadie puede pagar lo que esta tierra puede producir, si la cuidamos, de aquí al fin de los tiempos, con el trabajo de mis hijos, mis nietos y los tataranietos de mis tataranietos”. El argumento es incontrovertible y engarza con todo la discusión en torno al maíz que este texto pretende. Además, por más “bien superior” que se pretenda invocar, cualquier expropiación añade otro elemento de agravio: la imposición.

La lucha por la tierra —y por la vía campesina— es una resistencia ante la avalancha de todo lo que se decide sin la anuencia y sin la participación de quienes guardan una relación con la tierra y todas sus relaciones de trabajo, de celebración, de entendimiento, de crianza mutua.

Desaparecer a los campesinos, aparte de matarlos, implica condenarlos a su suerte en verdaderos enclaves de abandono, expulsarlos a la migración como jornaleros agrícolas, o convertirlos en frágiles obreros de las maquilas, por ejemplo, esa forma moderna de explotación sin los controles que antes tenían como obligación las empresas.1 Las relaciones se desmadejan, las comunidades se dividen (y hay intención de dividirlas) las mujeres defienden la comunidad, asumen trabajos y cargos, mientras los gobiernos hacen la guerra a la gente.

Los datos hablan por sí mismos: hay 160 millones de trabajadores migrantes en el mundo. La ciudad de México es el espacio indígena más grande de todo el continente. En la capital se hablan 48 de las 56 lenguas de nuestro país. El campo se vacía, y cuando no, se reconvierte a barriada de un “medioevo maquilero”.

Para que siga viva la resistencia de los campesinos es indispensable defender el maíz. (Y para defender el maíz hay que reconsiderar y defender el papel que juegan los campesinos en un mundo “globalizado” que quiere convertir en industria incluso la agricultura.) Por eso, además de todas las propuestas en defensa de los productores comerciales, hay que defender también las siembras de autoconsumo.

El maíz es lo que permite el autogobierno en las comunidades indígenas. Sólo con maíz propio, nativo (no su desfigurada versión transgénica), sembrado para que coma la comunidad dependiendo lo menos posible, se pueden defender otros muchos ámbitos del nosotros, ámbitos comunes en una vida a contrapelo de los sistemas hoy pretendidamente planetarios.

Pero resulta que pese a que México es centro de origen del maíz, corazón de una vastísima cultura indígena, hilo del saber y el cuidado que han permitido la perdurabilidad del modo de vida campesino — y una actividad que representa el 60 por ciento del cultivo de granos en México—, el maíz mexicano está contaminado por el derrame genético proveniente de millones de toneladas de maíz transgénico que se ha importado al país.

Tan sólo entre 1994 (fecha en que dio inicio el tlcan) y 2001 (año en que se dio a conocer la contaminación del maíz) se importaron de Estados Unidos 35.22 millones de toneladas2, sin que pueda saberse qué porcentaje de este grano está contaminado pues no existen —en ninguno los 48 puertos y aduanas del país— los controles necesarios ni las revisiones adecuadas ni los laboratorios pertinentes como para hacer las muestras que nos podrían arrojar la seguridad de que no está contaminado lo que llega. Sin embargo, las investigadoras Ana de Ita y Pilar López Sierra calculan que entre 1996 y 2001 se importaron unos 5.8 millones de toneladas de maíz transgénico.3

“Las leyes mexicanas prohíben el cultivo de maíz transgénico en México debido al riesgo que puede representar para las variedades nativas, pero como parte del Tratado de Libre Comercio de América del Norte ( tlcan) el país importa aproximadamente un millón a un millón y medio de toneladas de maíz transgénico al año provenientes de Estados Unidos”4.

De acuerdo a Ana de Ita y Pilar López Sierra:

En 1995, los especialistas nacionales e internacionales de maíz, convocados por el Centro Internacional de Mejoramiento del Maíz y el Trigo ( cimmyt), el Instituto Nacional de Investigación y Fomento Agropecuario ( inifap), y el Comité Nacional de Bioseguridad Agrícola ( cnba), preocupados porque la liberalización comercial del cultivo de maíz Bt [el más conocido maíz transgénico] ocurriría en Estados Unidos en 1996 [un año después]... señalaron que “si en Estados Unidos se desregula el maíz transgénico, lo más probable es que llegue a México en un tiempo muy corto. Aun cuando parte de ese maíz transgénico no se adaptara bien a México, es casi seguro que habrá polinización cruzada con el tiempo”. A fines de 1998, el Comité estableció una moratoriade facto al no aceptar nuevas solicitudes para realizar pruebas de campo”.5

Pese a una moratoria de facto para la siembra, la contaminación pudo ocurrir por el hecho de que el gobierno mexicano no sólo permitió la importación de un maíz sin identificación, sino que incrementó dichas importaciones por encima de las cuotas asignadas. Siendo Estados Unidos “el mayor productor de maíz transgénico” que de sus 32 millones de hectáreas de maíz, 8 millones están cultivadas con maíz transgénico,6 era altamente probable que mucho de éste fluyera a México, revuelto con el maíz común. Eso fue lo que ocurrió. Hay que recordar que “Estados Unidos se ha negado sistemáticamente a separar el maíz convencional del maíz transgénico y el gobierno mexicano, a diferencia de Japón, no se lo ha exigido... A su vez, las empresas biotecnológicas productoras de semillas transgénicas reclaman que la prohibición a la siembra de maíz transgénico en México se libere, pues la biodiversidad no corre ningún peligro, afirman, y sería un beneficio enorme para los campesinos mexicanos”.7 Tras de esta insistencia yace la sospecha de que “a pesar de cincuenta años de Revolución Verde”, en México los híbridos, o las variedades ‘mejoradas’ de maíz “no han logrado conquistar el 85 por ciento del territorio que se siembra con maíz nativo”8, un mercado que las transnacionales semilleras quieren invadir. Es decir, no podemos descartar, de ninguna manera, la tesis inicial: el trasiego de maíz transgénico a México esconde la intención de garantizar que el cultivo del maíz, en su totalidad, entre a correr los riesgos de la lógica del mercado. ¿La biodiversidad, la vida campesina, el hueco de independencia real que otorga sembrar los propios alimentos sin pedirle permiso a nadie? No es que no importe. Es justamente eso lo que las transnacionales y los gobiernos quieren erradicar. En el mundo actual, nos informan esperando que nos quedemos callados, nadie puede estar, ni siquiera tangencialmente, fuera del ámbito del dinero.

 

El anuncio de la contaminación

En septiembre de 2001 el gobierno mexicano anunció que existía evidencia de la contaminación de variedades de maíz tradicional mexicano con adn de maíz transgénico en los estados de Puebla y Oaxaca. De inmediato se desató un revuelo que no ha parado. Al mes siguiente del anuncio, diversas organizaciones civiles mexicanas exigieron que el gobierno frenara de inmediato las importaciones de maíz genéticamente modificado y presentara un plan para “prevenir y revertir la contaminación transgénica, haciendo que las empresas responsables pagaran indemnizaciones a los campesinos afectados, por daños”.9 De todo el mundo comenzaron a llegar las cartas de apoyo de la sociedad civil.

Aun con una presión que comenzaba a filtrase a la prensa, en la Asamblea General Anual del Grupo Consultivo para la Investigación Agrícola Internacional ( cgiar), se evadió el punto de la contaminación pese a ocurrir ¡en el centro de origen del cultivo!

En realidad, el descubrimiento —que no pudieron ocultar todas las dependencias del gobierno— fue hecho por las comunidades de las Sierras Norte y Juárez de Oaxaca junto con los investigadores Ignacio Chapela y David Quist, de la Universidad de California en Berkeley. El anuncio del gobierno sólo confirmaba, con estudios propios, el fatal hallazgo. Con la subsecuente divulgación en las páginas de revistas tan famosas en el medio científico internacional como Nature o de amplia difusión como Newsweek (que le dedicó su portada al miedo por la contaminación de transgénicos en el maíz mexicano), el revuelo adquirió tintes de debate álgido desde noviembre de 2001. En diciembre del mismo año, “Los científicos amigos de la industria iniciaron una viciosa campaña para desacreditar el artículo de Chapela y Quist afirmando que la contaminación no estaba probada, y acusaron a Chapela y Quist de fallas metodológicas”.10

 

El primer Foro en Defensa del Maíz

Los días 23 y 24 de enero de 2002 tuvo lugar en el df un foro —En Defensa del Maíz— que convocó a más de 300 participantes de 120 organizaciones en un espectro que incluyó a autoridades de comunidades de Oaxaca, Chiapas, Puebla, Tlaxcala, Veracruz, Morelos, Guerrero, Michoacán, Jalisco, Colima, Chihuahua, Sonora, el estado de México y el Distrito Federal, organismos civiles, académicos, investigadores locales y extranjeros, e incluso representantes de algunas dependencias gubernamentales. La intención fue iniciar una discusión en torno a la defensa del maíz, dilucidar las previsiones del gobierno en torno al problema y emprender un camino propio, autogestionario, encarando un asunto para el que los funcionarios encargados no han dado respuesta contundente. Al momento del Primer Foro en Defensa del Maíz, tal discusión era incipiente y propia de expertos en la materia.

A tres años de distancia, tal vez el logro más importante de todo este proceso en defensa del maíz, se cocinó en ese foro —es decir, la discusión horizontal, interdisciplinaria y plural entre campesinos —“indígenas y no indígenas”—, investigadores, académicos, representantes de organizaciones de agricultores, ecologistas e incluso incipientes y potenciales redes de consumidores.

Siendo el propósito central de este texto mostrar la fuerza de un movimiento cuasi invisible y la historia de la defensa del maíz por parte de la sociedad civil mexicana y mundial, nos detendremos un poco en ese primer encuentro, pues ahí se reflexionó sobre algunos aspectos de la problemática que después habrían de pesar sobre la visión de amplios sectores de esa sociedad civil rural y urbana.

En dicho foro, fue Eyeli Huerta —coordinadora de Gestión Ambiental de Técnicas y Análisis de la Comisión Nacional para la Biodiversidad (Conabio)—, quien anunció los resultados preliminares de nuevos estudios en curso que indicaban rastros de material transgénico en las muestras tomadas en 22 comunidades de la Sierra Norte de Oaxaca y en el Valle de Tehuacán y otros enclaves campesinos en el estado de Puebla. Según los datos presentados, la concentración de material transgénico era más abundante en las muestras procedentes de semillas que Diconsa11 distribuye a través de sus 300 almacenes rurales en sus 23 mil tiendas de abasto campesino (“que cubren el 93 por ciento de los municipios del país”12), que en las muestras de los predios de agricultores individuales, lo que indicaba que Diconsa podría ser una fuente importante de contaminación, por más que del volumen total de las importaciones de maíz sólo maneja 600 mil toneladas anuales, de las que 200 mil las importa directamente y 400 mil provienen de comercializadoras privadas que también pueden contener maíz importado, y en menor medida de cosechas compradas a organizaciones de productoras.13

Entre las conclusiones del foro, una de las más contundentes (ya señalada al principio) fue la constatación de que ir contra el maíz es parte de una escalada contra todo lo que los campesinos defienden y representan: el cultivo del maíz es refugio de autoconsumo para defender bosques, agua, biodiversidad, técnicas y saberes agrícolas y medicinales, la justicia, los derechos, las formas de organización comunitaria que animan sus territorios. Este embate extrema la creciente marginación social en el campo, propicia la expulsión de mano de obra a las ciudades o a los campos de jornaleros, el vaciamiento de los territorios y la posibilidad de que las pocas megaempresas se apropien de los recursos naturales, muchos de ellos genéticos, de los cuales la vida campesina es salvaguarda.

Es decir, los participantes en el foro reflexionaron que el maíz y otros cultivos de autoconsumo son corazón de la resistencia comunitaria contra el capitalismo y sus megaproyectos individualizantes.

La amenaza real de los maíces transgénicos —señalaron—se expresa de manera extrema en la variedad Terminator que, al cruzarse con las variantes nativas, las va inhabilitando para reproducirse, lo que en los hechos devastaría la diversidad del maíz y haría a los campesinos dependientes de las compañías diseñadoras y productoras de semillas.

El sistema de cargos comunitario, núcleo del autogobierno en las comunidades —afirmaron—, se vería directamente afectado cuando quien cumple un cargo como servicio no pudiera ejercerlo al no contar con las reservas de semillas nativas que le permitirían sobrevivir el periodo de su cargo.

Por si fuera poco, Monsanto, como documenta el Grupo etc, enfatizó Silvia Ribeiro, “está empeñado en demandar e incluso llevar a la cárcel, o cobrar sumas muy fuertes a los campesinos que fueron contaminados en sus predios por la semilla de transgénicos diseñadas por esta compañía, alegando que esas semillas o esos genes de esas semillas halladas en los predios de los agricultores están patentadas por la mega-transnacional”.

No es paranoia que esta parezca ser por lo menos una de las finalidades de los transgénicos: devastar la diversidad biológica del maíz, desarmar a los campesinos de su estrategia de sobrevivencia, y como tal de su resistencia y su sentido comunal, a partir de hacerlos dependientes de las semillas que tengan que comprarle año con año a las grandes compañías.

A contrapelo, los campesinos e indígenas tienen sus modos tradicionales de trasiego, su propia manera de resguardar y cruzar sus semillas indígenas — insistieron los participantes. Quienes resguardan las semillas buenas, desde tiempos inmemoriales, son comuneros o comuneras con prestigio en su localidad.

Una de las exigencias más generalizadas en el foro fue iniciar un veto contra Diconsa, exigirle al gobierno mexicano que suspendiera las importaciones de maíz transgénico y que se iniciara un plan serio y corresponsable (por regiones) para detectar y erradicar las semillas transgénicas, y emprender un plan de fortalecimiento de las semillas nativas en el que participaran las comunidades, desde el diseño hasta la evaluación, y donde existiera una supervisión por parte de organismos civiles para vigilarle las manos del gobierno.

Este acuerdo, incipiente en ese momento, resultó una de las estrategias que efectivamente se llevó a cabo entre 2002 y finales de 2003, y que arroja resultados en muchos frentes. Pero continuemos con la historia.

Otra reflexión importante del foro fue que “aunque la experimentación es algo potencialmente provechoso que no puede frenarse así nomás, también debemos cuestionar la responsabilidad de la ciencia, incluso en términos de un estricto método científico, cuando sin tener datos duros que demuestren las bondades invocadas, algunos científicos se lanzan a difundirlo al público en general así nomás”.

En un ambiente científico en el que más y más la actividad de la ciencia pasa por mediación de las empresas que les aportan y les norman los objetivos de algunos experimentos cruciales, el foro cuestionó la irresponsabilidad de las empresas y del gobierno al propiciar su importación y no mantener controles para que no se siembre. ¿Y su consumo? —bueno, dijeron algunos— “por lo menos debería avisarse a la gente que no está determinada su posible toxicidad o nocividad para animales y seres humanos”.14

Quizá la más filosa reflexión del encuentro, aparte de emprender acciones autogestionarias, desde abajo y a contrapelo de las dependencias gubernamentales, fue plantear que el problema del maíz, obviamente, no se reduce a la contaminación con transgénicos, aunque esta sea su punta más hiriente, y que como su problemática tiene muchas aristas, debía abordarse la solución en toda su complejidad, es decir, asumiendo una visión integral de la defensa e importancia del maíz. Así, los participantes del Foro reflexionaron sobre las posibles propuestas de solución para detectar la contaminación del maíz en las regiones, las posibilidades de organización regional que podría defender y expandir los saberes tradicionales y contemporáneos locales; las posibles acciones legales en contra de las empresas y el gobierno mexicano, o de impugnación de los organismos de inversión y financiamiento de prospección, investigación, patente y comercialización ilícita o legaloide. “Necesitamos abrir espacios”, declararon en las conclusiones “en donde se socialice, desde diferentes lados, información que de otra manera estaría dispersa y que no necesariamente los medios de comunicación recogen. No sólo la información centralizada sino aquella proveniente de muchas fuentes y muchos niveles. Parece importante que las propuestas vayan en muchos sentidos y no en uno solo. Se trata de abrir la perspectiva —del problema de los transgénicos o de la bioprospección que se emprende en el país— a toda la problemática del maíz. “El problema que nos aqueja es integral. Requerimos de soluciones integrales”, plantearon Ana de Ita y Luis Hernández Navarro, del Centro de Estudios para el Cambio en el Campo Mexicano (Ceccam). Para este último investigador y periodista:

La producción de maíz en México está en peligro. La contaminación de las siembras nacionales con semillas transgénicas, la apertura económica salvaje y la carencia de políticas de fomento amenazan al grano, así como a los pequeños productores que la siembran. En contra de lo que pudiera suponerse los factores de riesgo están estrechamente relacionados entre sí.

El asunto es delicado. México es centro de origen, domesticación y diversidad del maíz. De los 4 millones de productores agrícolas que existen en el país, alrededor de 3.2 millones de campesinos —en su mayoría ejidales— lo cultivan; 35 por ciento de la producción se destina al autoconsumo. Lo paradójico de esta situación, propiciada por la entrada en vigor del tlcan, por la cancelación o no cobro de los aranceles que hasta hace unos años protegían de las importaciones a los productores mexicanos, por el retiro de los apoyos al sector agropecuario, es que el maíz fue incluido en las negociaciones del tlcan —a contrapelo de la opinión de los campesinos mexicanos— bajo el supuesto de que la apertura comercial forzaría la reconversión de cultivos hacia productos con mayor competitividad en el mercado internacional. En los hechos se trataba, según los expertos del gobierno, de mantener variables macroeconómicas “sanas”, como reducir la inflación, importando maíz barato de Estados Unidos.

La decisión puso en peligro inmediato a unos 2.3 millones de productores con predios de menos de cinco hectáreas, pues su actividad no sería competitiva; 4.7 millones de hectáreas tendrían que reconvertirse a otro cultivo y se dejarían de producir 7.1 millones de toneladas de maíz correspondientes a esa superficie.

Lo que no previeron los expertos, que suponen saberlo todo desde el escritorio, es que al desplazar a los pequeños productores de otros cultivos que no pudieron mantener el ritmo de las competencias con el gran mercado, los agricultores se refugiaron en el maíz. Desde la entrada en vigor del tlcan en 1994, y hasta el año 2000, la producción del cereal se mantuvo en promedio en 18 millones de toneladas y una superficie sembrada de 8.5 millones de hectáreas sembradas. Lo cual es paradójico, si lo vemos con ojos empresariales, porque el precio de garantía se redujo desde 1993 a 2000 en 45.3 por ciento.

Mientras tanto, los subsidios provenientes de limosnas como Procampo se redujeron en ese mismo periodo en 30.2 por ciento.

En ese mismo periodo, las importaciones de maíz crecieron de 152 mil toneladas hasta la cifra récord de 5.3 millones de toneladas en el año 2000.15

 

Reacciones diversas

Por supuesto, algunos funcionarios del gobierno mexicano, especialmente Víctor Villalobos, subsecretario de Agricultura, han actuado con cinismo y en los hechos buscan hacer irremediable la contaminación. Así, en el número de Newsweek donde se divulgó el trasiego de transgénicos en México y la polémica en torno al estudio de Chapela y Quist, Villalobos señaló que haber difundido la noticia de contaminación proveniente de importaciones tenía el efecto negativo de que ahora, en México, había miedo a usar este maíz, y que como las importaciones de Estados Unidos siguen y seguirán, y éstas son en un tercio transgénicas (hay quien afirma que un 80 por ciento lo son), le saldrá más caro importar maíz no transgénico.

A contrapelo de tales funcionarios, la reacción a la contaminación y a la fuerte presencia convocada en el Primer Foro en Defensa del Maíz provocó reacciones en el Foro Social Mundial en Porto Alegre donde algunas organizaciones civiles hicieron un fuerte pronunciamiento en pro de un plan de emergencia para proteger los bancos genéticos y enfatizar la urgencia de mantener la moratoria de liberación de transgénicos.16

El Centro Internacional de Mejoramiento del Maíz y el Trigo ( cimmyt), ubicado en Texcoco, México, reaccionó de manera ambigua ante la crisis de la contaminación afirmando que ellos “cumplieron su responsabilidad haciendo pruebas para detectar contaminación transgénica en sus bancos genéticos”, pero se negó “a confirmar o negar la evidencia de tal contaminación por escrito”.17

Entre marzo y octubre de 2002 se desencadenó una avalancha de declaraciones y contra declaraciones en diversos foros, reuniones y juntas interinstitucionales de nivel nacional e internacional. La gente hablaba del “escándalo de la contaminación del maíz mexicano”. Los organismos internacionales fingieron demencia. Los funcionarios mexicanos se contradecían unos a otros. La fao le pidió al cimmyt que aclarara las implicaciones de una eventual contaminación, y al gobierno mexicano información concreta. La revista Nature, mostrando una irresponsabilidad que no corresponde con su supuesto prestigio, se retractó de los hallazgos contenidos en el artículo de Chapela y Quist alegando que la evidencia presentada no era suficiente para ser publicada. Esto ocurrió justo antes de la reunión del Convenio de Diversidad Biológica en La Haya. En dicha reunión (la sexta conferencia de las partes) y en la del Protocolo de Bioseguridad), no se discutió oficialmente el tema de este escándalo mundial. El gobierno mexicano no declaró nada oficialmente. Sin embargo, extraoficialmente, Ezequiel Ezcurra del Instituto Nacional de Ecología ( ine) confirmó “grados alarmantes de contaminación transgénica” en el maíz mexicano. El cimmyt no tuvo otra que publicar un documento preocupado por los impactos de una posible contaminación reconociendo la necesidad de estudios del flujo genético en el maíz, pero declaró públicamente “su apoyo al uso del maíz transgénico”. El movimiento mundial Vía Campesina (y otras muchas organizaciones) denunció en Roma, durante la Cumbre de la Alimentación+5 la contaminación en México y enfatizó la amenaza de los transgénicos para la soberanía alimentaria y los derechos de los agricultores. Comenzaba también a aflorar la preocupación de los gobiernos africanos por el hecho de que mucho del grano incluido en la ayuda alimentaria fuera transgénico. Mientras tanto, diversos organismos internacionales defendieron su colaboración con las agroempresas y su aceptación del sistema de patentes en el cgiar. Esta postura tuvo un clímax en la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sustentable en Johannesburgo, donde adquirieron peso las corporaciones transnacionales como “actores principales del desarrollo sustentable”. No obstante, se discutió acaloradamente sobre la contaminación del maíz mexicano, la ayuda alimentaria transgénica a los países africanos y la pretensión de ciertos organismos y las transnacionales de que los transgénicos “serán la solución al hambre en el mundo.18

En agosto de 2002, “el ine y la Comisión Nacional para la Biodiversidad (Conabio) anunciaron que las pruebas subsecuentes realizadas por dos instituciones académicas diferentes no sólo confirman los hallazgos originales, sino que revelan grados más altos de contaminación. Los nuevos datos mostraban que la contaminación transgénica alcanza un rango del 1 al 37 por ciento en el 95 por ciento de los lugares donde se hicieron pruebas en los estados de Oaxaca y Puebla.19 El director del ine, Ezequiel Escurra afirmó que ‘la conclusión más importante de esos estudios es que los constructos transgénicos se mueven mucho más rápido en el ambiente natural de lo que se creía anteriormente, lo cual nos obliga a reconsiderar las medidas de bioseguridad.’"20 Ese mismo mes, el Comité Científico Consultivo en pleno de la Comisión Intersecretarial sobre Biodiversidad y Organismos Genéticamente Modificados (Cibiogem) renunció en protesta por la falta de compromiso del gobierno mexicano para con los temas de la bioseguridad. En una declaración pública, los científicos lamentaron: “el gobierno federal no considera como prioritaria la discusión sobre los organismos genéticamente modificados y… nuestras observaciones y opiniones no son tomadas en cuenta”.21

El 22 de octubre del 2002, después que Nature se negara a publicar los resultados de los nuevos estudios, Ezcurra dijo que ‘los argumentos de los analistas de Nature no son científicos, son ideológicos… Nuestros datos sugieren que los transgénicos están allí [en México]’”.22

 

Inquietud en las comunidades

Ante un panorama de intereses creados, irresponsabilidad de los funcionarios y el desprecio de los organismos internacionales encargados de velar por las semillas, la alimentación y los derechos de los pueblos, las comunidades y las organizaciones campesinas e indígenas, al igual que las organizaciones de la sociedad civil, comenzaron a emprender acciones: en principio de información y análisis, marchas y cartas de protesta, cabildeos diversos y muchos talleres regionales. Había y hay una inquietud real en la mera idea de que estuviera contaminado lo más sagrado de su vida y fuente primordial de su alimentación, eso que los hace ser y les brinda identidad trabajada durante milenios (en el caso de los pueblos indios y los campesinos pobres), o un cultivo que para muchos pequeños productores es el centro de su estrategia (para quienes ven en la siembra comercial del maíz una fuente de ingresos concreta).

Cuando los comuneros wixaritari (o huicholes) se enteraron del asunto, uno de ellos comentó, de inmediato y contundente: “sin maíz no somos, no sólo estaríamos muertos, dejaríamos de ser”.

Pronto, de varios enclaves del país comenzaron las reflexiones. Tal vez la reflexión de Aldo González, de unosjo, resuma muchas de las inquietudes que se suscitaron en los meses siguientes al Primer Foro en Defensa del Maíz y que comenzaron a plasmarse en documentos diversos. Dice Aldo González:

Nosotros creemos que se tiene que hacer una investigación seria para determinar con precisión cuáles son los predios contaminados, que es lo que a nosotros nos interesa porque lo que queremos es poner un límite entre las semillas transgénicas y las que no lo son. Si el próximo año siguen monitoreando y el siguiente también, puede que el maíz transgénico siga incrementando su porcentaje en las comunidades de la región y no se esté tomando una medida efectiva para evitarlo.

En la Sierra Juárez nos estamos informando, pero hace falta más información de nuestras mismas comunidades. Nos preocupa que esto pueda estar ocurriendo en otros lugares del país. Las semillas o los “granos” de Diconsa no llegan sólo a Oaxaca, llegan a todos los lugares del país en donde se consume ese maíz, y esto pone en riesgo la integridad de las semillas nativas, mal llamadas “criollas” de muchas comunidades indígenas de México.

Para nosotros las semillas nativas son un elemento muy importante de nuestra cultura. Podrán haber desaparecido las pirámides, las podrán haber destruido, pero un puño de semilla de maíz es la herencia que nosotros podemos dejarle a nuestros hijos y a nuestros nietos, y hoy nos están negando esa posibilidad. El proceso de globalización que se vive en nuestro país y el solapamiento de las autoridades gubernamentales están negando a las comunidades indígenas el que puedan seguir transmitiendo esta herencia milenaria. Son más de 10 mil años de cultura: nuestras semillas han probado durante 10 mil años que no le hacen daño a nadie. Hoy nos están diciendo por la radio en Guelatao que las semillas transgénicas no hacen daño. Qué pruebas tienen al respecto. Nosotros sí tenemos pruebas: 10 mil años de práctica lo demuestran. Cinco años o seis años de práctica de la siembra de maíz transgénico en el mundo no nos están dando ningún indicador de que estas semillas, o de que estos granos, no vayan a causar daño a la humanidad. Después de 10 mil años nuestras semillas siguen vivas. Bien podemos poner en duda las semillas de ellos, que no tienen demostración al respecto.

En la Sierra Juárez creemos que es muy importante que podamos realizar un trabajo para diferenciar las semillas transgénicas y las que no lo son. No tenemos los recursos suficientes, es más, no tenemos recursos. No hay recursos para la difusión que en muchas comunidades es necesaria. Mucha gente no sabe todavía qué es el maíz transgénico. En la ciudad de México se ve la televisión, se escucha la radio, se pueden leer los periódicos; en la Sierra Juárez eso no existe. Tenemos que ir de comunidad en comunidad a informar lo que sucede, y nuestros paisanos cada vez están más molestos por esta situación.23

Los tzotziles de San Andrés Sacamch’en, Chiapas, que fuera sede de los diálogos entre el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el gobierno federal entre octubre de 1995 y julio de 1996, apuntaban preocupados por la contaminación de sus semillas:

Somos de Los Altos de Chiapas, somos personas hechas de maíz y de barro. Somos tzotziles, pero nuestro nombre verdadero se ha transformado en la punta de la lengua de los invasores. Somos indígenas desde que nuestra madre tierra nos parió y lo seguiremos siendo hasta que la misma madre tierra nos trague.

[...] Luchamos por lo que fuimos ayer, lo que somos y lo que mañana seremos. Luchamos para conocer la historia, para rescatar nuestra cultura, porque bien sabemos que si un pueblo conoce su historia jamás será condenado a repetirla y jamás será vencido.

Nos hemos enterado de que las empresas agroquímicas han patentado nuestro maíz, le están introduciendo genes de otros seres vivos y muchas sustancias químicas para acabar por completo a nuestro maíz natural, para que luego compremos puro maíz transgénico. Nosotros sabemos las graves consecuencias que trae este tipo de maíz que están creando, que afecta a nuestra cultura, porque para nosotros los indígenas, el maíz es sagrado, y si esas industrias agroquímicas tratan de desaparecer nuestro maíz, es como querer desaparecer parte de nuestra cultura que nos heredaron nuestros antepasados mayas. Sabemos que el maíz es nuestro alimento principal y cotidiano. Sabemos que nuestros primeros padres y madres nos criaron de maíz, por eso nos llamamos hombres y mujeres de maíz. Nuestros abuelos indígenas campesinos entregaban su trabajo y sus corazones, y lloraban pidiéndole protección a nuestro dios creador para que su trabajo tuviera logro.

[...] Nos preocupa que nuestro maíz se acabe por completo, por eso en nuestras escuelas queremos crear un banco de semillas para conservar nuestro maíz, para luego fomentar que en cada comunidad se establezcan bancos de semillas. En nuestra escuela se está llevando a cabo un proyecto en defensa de nuestro maíz natural que lleva por nombre “Semilla madre en resistencia de nuestras tierras chiapanecas”. Estamos en contra del maíz transgénico, y juntos y con todo el pueblo de México esperamos salvar parte de nuestra vida que nos la quieren arrebatar.24

En las reuniones indígenas, por todo el país, comenzó entonces a gestarse un movimiento fuerte, invisible, para defender el maíz y entender las implicaciones de su contaminación. Los pronunciamientos se multiplicaron.

Desde enero de 2002 y hasta la fecha, en las diversas reuniones del Congreso Nacional Indígena, en particular en la Región Centro Pacífico, los pueblos y comunidades discutieron el problema de la defensa del maíz, con una perspectiva integral, y en los resolutivos se remacharon los resolutivos del Primer Foro en Defensa del Maíz y de múltiples talleres que proliferan, aun hoy, por el territorio nacional: defender el maíz nativo, rechazar el maíz transgénico e iniciar discusiones para entender las mejores formas de cuidar su herencia milenaria.

Por ejemplo, en la Asamblea del Congreso Nacional Indígena de la Región Centro Pacífico, en la comunidad wixárika de San Sebastián Teponahuaxtlán (Waut+a), en el municipio de Mezquitic, Jalisco, el 21 de julio de 2002, el punto de la contaminación estuvo tan presente que los delegados wixárika de Jalisco, purépecha de Michoacán, ñahñú del Estado de México, huachichil de San Luis Potosí, chichimeca de Guanajuato, nahua de Jalisco, Colima, Guerrero, Estado de México, Morelos y Distrito Federal, y amuzgos de Guerrero, enfatizaron:

Octavo. Exigimos al Gobierno Federal el cese en la introducción a nuestro país de maíces transgénicos o de dudoso origen. Llamamos a todos los pueblos indígenas y campesinos, así como a los consumidores de maíz en todo el país, a defender las semillas propias y a que se unan a nuestra exigencia.

Noveno. Rechazamos la prohibición decretada por el gobierno federal en el uso de 85 plantas medicinales y alertamos a todos los pueblos indígenas y campesinos del país del despojo y privatización que las grandes transnacionales, en concurso con el gobierno federal, están llevando a cabo con relación a nuestros conocimientos tradicionales y la biodiversidad de nuestros territorios.

Aquí surgió una vuelta que resulta interesante. Los pueblos indios vinculan de inmediato la defensa del maíz con la pertinencia de mantener sus saberes tradicionales y para ellos, defender el maíz es defender sus recursos naturales, la biodiversidad, su negativa a la bioprospección y las patentes, y emparentan todo esto al ejercicio de la medicina tradicional, otro enclave de saberes, pues para los pueblos los que curan no sólo atienden a las personas sino al todo. Cuidan el mundo, como bien lo ponen los huicholes o wixaritari.

Dos meses después, en el Foro Nacional en Defensa de la Medicina Tradicional, (organizado por comunidades y organizaciones que se reconocen en el Congreso Nacional Indígena) el encuentro indígena más importante desde la Caravana del Color de la Tierra, celebrado el 16 de septiembre de 2002 en el territorio hñahñu de M’enhuani-Atlapulco, Estado de México, y que contó con la presencia de infinidad de médicos tradicionales, autoridades y delegados de comunidades y organizaciones indígenas pertenecientes a los pueblos tohono o’odham, mayo, rarámuri, cora, wixaritari, nahua, huachichil, tenek, chichimeca, purhépecha, mazahua, tlahuica, matlatzinca, hñahñu, tepehua, amuzgo, tlapaneco, mixteco, huave, zapoteco, mixe, mazateco, maya peninsular, tzeltal, tzotzil, c’hol, tojolabal, mame, zoque, chuj y mochó, de veinte estados del país, junto con organizaciones pertenecientes a la sociedad civil, y después de exigir respeto a los territorios indígenas, a los recursos naturales, a la biodiversidad y a los saberes ancestrales y modernos propios de los pueblos indígenas, después de negarse a la convalidación de la práctica médica tradicional por parte de las autoridades sanitarias del país, después de reivindicar los Acuerdos de San Andrés, su autonomía y sus gobiernos propios, habiendo declarado una moratoria contra la bioprospección en los territorios de los pueblos firmantes, estos pueblos hicieron un pronunciamiento contundente con respecto a la contaminación transgénica:

Quinto. Como parte de nuestra defensa de la madre tierra y todo lo que en ella se nace, repudiamos la introducción de maíces transgénicos a nuestro país, pues la madre maíz es fundamento primero de los pueblos nuestros. En consecuencia exigimos al gobierno federal declare una moratoria indefinida en la introducción de maíces transgénicos con independencia del uso que se les pudiera dar.

 

Un proceso autogestionario

 La urgencia de la autogestión

Debemos entender que estas movilizaciones —que no asumían la idea de la fuerza mostrada en las calles para protestar ante autoridades distantes, sino la forma de encuentros de reflexión, verdaderas asambleas de diversas comunidades y pueblos indígenas del país—, ocurrían en un contexto que prevalece hasta nuestros días: el trozamiento de todos los puentes de entendimiento entre el gobierno mexicano y los pueblos indígenas del país. En 2001 había ocurrido la más grande movilización indígena y popular en la historia mexicana, la Marcha del Color de la Tierra, convocada por el ezln y el Congreso Nacional Indígena, que había incluido un enorme Congreso en Nurío, Michoacán y una caravana que llegó hasta la ciudad de México, con fuerza tal que pudo lograr que varios representantes zapatistas y del cni hablaran públicamente en la cámara de diputados, con el fin de defender la propuesta de reformas constitucionales más discutida y consensada: la propuesta de reformas indígenas elaborada por la Comisión de Concordia y Pacificación traduciendo los Acuerdos de San Andrés, firmados entre el ezln y el gobierno federal en 1996.

Pero precisamente por la fuerza convocada, y en un contexto de importantes intereses detentados por la clase política mexicana, los tres poderes de la Unión habían rechazado la posibilidad de reconocer los derechos colectivos de los pueblos indígenas en la Constitución. Ante ese escenario, los pueblos comenzaron a organizar su autonomía en los hechos y comenzó un periodo de resistencia activa en muchos rincones del país, que sigue vigente y fuerte. En una situación así, los rechazos planteados por los pueblos, la moratoria, son acciones de facto y no graciosas peticiones a un gobierno ciego y sordo a las demandas reales, legítimas de una población de más de 20 millones de personas.

Obviamente, lo privilegiado desde entonces fue la acción real, acompañada de reflexión continua en todos los rincones indígenas. Es muy sintomático que las reuniones mencionadas —y otras muchas que no es posible anotar pues son muchas— ocurrieron, y siguen ocurriendo, en comunidades alejadas, o en comunidades con un claro proyecto de resistencia, auto gobierno y mandato claro de la asamblea.

Este fue el clima que propició el cumplimiento de uno de los principales acuerdos del Primer Foro en Defensa del Maíz: impulsar diagnósticos regionales, autogestionarios, que le dieran a las comunidades ciertas indicaciones de si su maíz estaba o no contaminado. A partir de octubre de 2002, comenzaron los talleres preparativos para que las comunidades asumieran diagnósticos en ese sentido. El año 2003 fue un año en que se hicieron pruebas propias, a contrapelo de las dependencias de gobierno que seguían sin mostrar la cara de una manera frontal y responsable —salvo honrosas excepciones casi que a título personal— y en cambio, el embate contra el maíz, a nivel gobierno de México e instancias internacionales, seguía su curso.

En respuesta al revuelo, y a la indignación de comunidades y organizaciones nacionales e internacionales, la organización independiente, Genetic Resources Action International (Grain), preocupada enormemente por la situación, difundió un comunicado que señalaba:

El maíz está genéticamente contaminado en su centro de origen. Pese a las manipulaciones, negativas, evasivas, falsedades seudo científicas, mentiras a medias, eufemismos, justificaciones penosas e intentos de acallarlo, el maíz está genéticamente contaminado en su centro de origen.

No fue producto de la casualidad: es una estrategia consciente que sólo requirió un tiempo para mostrar sus efectos. Es innegable que el cauce natural de toda semilla es diseminarse: es inevitable, eso la hace semilla. Es también innegable que el maíz se cruza abiertamente. Si no lo supieran los servicios de extensión técnica, los centros de investigación y los genetistas, pregúntesele a cualquier campesino. Sitúese una variedad de maíz genéticamente modificada en una zona campesina con alta diversidad e intensidad de cultivo del maíz, y sólo será cuestión de tiempo para que la nueva variedad sea adoptada como una más, y la contaminación tome rumbos variados e insospechados. Por supuesto, al inicio téngase cuidado de no indicar que la semilla introducida es transgénica, para que los mecanismos de defensa y elección no puedan funcionar hasta que sea demasiado tarde. Y para cubrirse de cualquier acusación, téngase la desvergüenza de asegurar que la semilla transgénica no era semilla, sino sólo grano. Después, cuando la contaminación se detecte y cause indignación, trate de negarla. Si no es posible, cúlpese a los campesinos de la zona por haber actuado como todo campesino sabe actuar: incorporando y probando las semillas que tiene a disposición.

La pregunta de por qué causar contaminación a propósito ha provocado reacciones en diversas autoridades científicas. Hemos escuchado las aseveraciones más increíblemente antojadizas al respecto. Todas ellas parecen apuntar a que ya que la contaminación genética está aquí para supuestamente quedarse, a los mexicanos no les queda más que resignarse y aceptar la vida (contaminada) tal cual es. Pero el mensaje no va dirigido sólo a México, sino a todos quienes resisten la transgenie. Si el centro de origen ya se contaminó, ¿por qué no contaminar el resto? Si el maíz está contaminado, ¿por qué no contaminar los cultivos restantes?25

El malestar y la exigencia, se ha insistido con razón, no sólo provenía y proviene de los campesinos pobres, en su mayoría indígenas, y de las organizaciones de la sociedad civil que las acompañan. Siendo la problemática del maíz algo muy complejo, que no se agota en la contaminación, es lógico que las centrales campesinas, las organizaciones de productores, también se preocuparan. “La crisis del agro mexicano se ha profundizado en las últimas décadas del ajuste estructural y apertura comercial. Las organizaciones de productores rurales se han movilizado ampliamente a nivel regional y nacional, realizando huelgas de hambre, tomas de carreteras y puentes aduanales, plantas de diesel, oficinas públicas, plazas y monumentos en las principales ciudades del país”.26

Muchas de estas movilizaciones se han acompañado de propuestas de políticas públicas y cabildeo ante las cámaras en una idea de la participación ciudadana en diálogo con el gobierno. Desde finales de 2002, un movimiento campesino (El campo no aguanta más) procedente de muchos frentes, que aglutinaban desde campesinos pobres a las grandes centrales campesinas y agrícolas emprendieron movilizaciones (que tuvieron su culminación en el primer trimestre de 2003).

El campo no aguanta más puso en el centro del debate demandas fundamentales para la defensa del maíz y de la soberanía alimentaria: renegociación del capítulo agropecuario del tlcan, reorientación de la política hacia el agro bajo principios de soberanía alimentaria y revisión del artículo 27 constitucional... A principios de 2003, las movilizaciones campesinas de El campo no aguanta más, El Barzón, El Congreso Agrario Permanente y la Confederación Nacional Campesina consiguieron abrir con el gobierno de Fox mesas de debate que concluyeron el 8 de marzo sin acuerdos básicos entre el gobierno y los productores rurales. El 24 de marzo los cuatro bloques campesinos presentaron una propuesta campesina de Acuerdo Nacional, donde plantearon la renegociación del tlcan, la soberanía alimentaria como principio rector y eje de toda la política agroalimentaria y comercial, presupuestos multianuales, reforma estructural de las políticas hacia el campo, cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés sobre derechos y cultura indígenas, defensa y valoración de los patrimonios territoriales de ejidos comunidades y pueblos indios y el fin del rezago agrario.

Finalmente, el Acuerdo Nacional para el Campo alcanzado fue diseñado unilateralmente por el gobierno.27

Lo terrible de esta experiencia, cuestionada fuertemente por la Unión Nacionales de Organizaciones Campesinas Regionales Autónomas ( unorca), El Frente Democrático Campesino de Chihuahua, la Unión de Organizaciones Forestales Campesinas (Unofoc) y el Frente en Defensa del Campo, es que fueran ellas las únicas que reivindicaron hasta el final las demandas consensadas en meses de movilización. Las organizaciones arriba anotadas fueron abandonadas por el resto de organizaciones que suscribieron el Acuerdo espurio, unilateral e indigno, diseñado por el gobierno. “El documento cancela de entrada las demandas campesinas de revisión y renegociación del capítulo agropecuario, la exclusión definitiva del maíz y el fríjol del proceso de liberalización comercial del tlcan y la reintroducción de aranceles-cuota a las importaciones de los productos de las cadenas agropecuarias básicas y estratégicas para la seguridad y soberanía alimentaria”.28

Esto, en un momento en que la contaminación por maíz transgénico amenazaba las siembras comerciales y de autoconsumo de maíz, en un contexto en que las cuotas de importación del grano se excedían hasta por 15 millones de toneladas entre 1994 y 2002 y cuando, por los subsidios otorgados por Estados Unidos a sus productores , el precio de exportación del maíz le permite venderlo a precio de dumping perjudicando a los campesinos y productores mexicanos, profundizó la distancia entre la gente y el gobierno e hizo urgente la organización autogestionaria de cualquier salida a la crisis campesina e indígena.

 

Diagnósticos propios

Entre octubre de 2002 y diciembre de 2003, México fue escenario de una batalla prácticamente invisible. Por un lado, las dependencias y los funcionarios (en particular el subsecretario de Agricultura Villalobos) amagaron varias veces con suspender de facto la moratoria que prohíbe la siembra de maíz transgénico, con el alegato, bastante provocador, de que si ya se contaminó pues que siga, y así la gente empezará a disfrutar las bondades de los transgénicos, así esparcidos.

Como hemos dicho, varias comunidades y las organizaciones campesinas y civiles de Chihuahua, Puebla, Oaxaca, Veracruz, Hidalgo, Jalisco, Durango, San Luis Potosí y Tlaxcala, emprendieron talleres preparativos para hacer pruebas de contaminación propias sin depender del gobierno para impulsarlas. Con ayuda de las fundaciones Misereor y Pan para el Mundo, se inició un proceso de diagnóstico en varias zonas de las entidades mencionadas conjuntamente con algunos organismos civiles, independientes, como el Centro de Estudios para el Cambio en el Campo Mexicano (Ceccam), el Centro Nacional de Apoyo a Misiones Indígenas (Cenami), el Centro de Análisis Social, Información y Formación Popular (Casifop), el Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración (Grupo etc), la Unión de Organizaciones de la Sierra Juárez de Oaxaca ( unosjo) la Asociación Jalisciense de Apoyo a Grupos Indígenas ( ajagi), Consultoría Técnica Comunitaria Contec, de Chihuahua, y un grupo independiente de biólogos y biólogas de la Universidad Nacional Autónoma de México ( unam), cuya participación fue crucial en la toma y el análisis de las muestras.

Para la gente que participó (muchos comuneros y comuneras wixárika, rarámuri, nahua, hñahñú, zapotecos, tenek, popolucas y otros, para la gente de los organismos civiles y para el equipo de biólogos), fue siempre claro que lo importante, lo verdaderamente crucial de un proceso de esta naturaleza, era el proceso de reflexión que conllevaba. Era la discusión que potenciaba desde abajo, desde las alejadas regiones del maíz, y el impulso a una preocupación real, comunitaria, por entender su milenario proceso como amantes del maíz. Entender las condiciones que privaban sobre las comunidades y el campesinado en su región particular, en México y el mundo, y las posibilidades de descontaminación que las propias comunidades podrían diseñar. Era también un momento para reflexionar sobre el papel de la ciencia y la tecnología y, por supuesto, entrever el alcance de la contaminación. En el manual que se difundió de manera explícita entre los integrantes —que fue diseñado con la participación de las propuestas de los involucrados y que sistematizó la gente de Cenami— se enlistan una serie de previsiones que normaron todo el trabajo: 

  • Las comunidades indígenas y campesinas que participan de manera consciente y transitiva en la campaña “En defensa del Maíz”, parten de procesos comunitarios motivados por los siguientes objetivos:
  • Propiciar la reflexión comunitaria hacia el arraigo y la autosuficiencia amplia a nivel familiar y comunitario.
  • Potenciar a las mujeres y hombres de las comunidades en el despliegue de sus capacidades y habilidades como promotoras(es), agricultores(as), autoridades agrarias y tradicionales, mediante la recuperación de sentidos o valores culturales, la recuperación del conocimiento profundo de la agricultura tradicional y la biodiversidad y la capacitación en aspectos agrarios, administrativos y de gestión.
  • Facilitar la articulación entre organizaciones, comunidades y centros especializados en análisis de la situación en el campo, para defender el maíz, la diversidad biológica, la propiedad intelectual y sus derechos como agricultores.
  • Partir de la autosuficiencia alimentaria como primer nivel de la economía campesina, sin dejar de potenciar los cultivos comerciales que pueden manejarse como excedentes dentro de mercados regionales o locales.
  • Buscar el equilibrio productivo entre la seguridad alimentaria basada en el aumento de la producción de granos básicos y la conservación de suelos y de la biodiversidad.
  • Pretender la integridad del ecosistema del territorio indígena mediante el ordenamiento territorial, el manejo sustentable del bosque, el manejo ecológico en las parcelas agrícolas y la promoción de tecnologías apropiadas para el ahorro de energía.
  • Pensamos que las y los agricultores indígenas aportan a la soberanía alimentaria del país. Por lo tanto, pensamos que es necesario luchar por nuestros derechos como agricultores.29

A esta reflexión, alimentada en asambleas, talleres y reuniones informales, contribuyeron también el Grupo etc y Grain. Una de las reflexiones que pesó durante este periodo es la siguiente, formulada en su forma más acabada en los siguientes párrafos:

La descontaminación del maíz, la restauración de su carácter sagrado y de las relaciones de respeto profundo que por él se debe tener no podrá ser obra de científico ni centro de investigación alguno, sino obra de los pueblos que aún lo cultivan con cariño. En la medida que la contaminación no pueda seguir negándose, veremos ofrecimientos bien o mal intencionados, respetables o desvergonzados, de descontaminar el maíz mediante esfuerzos científicos de envergadura. No sería sorpresa que distintos centros de investigación, incluido el cimmyt ofrezcan descontaminación, o al menos dirigirla. Probablemente se erigirán como los únicos capaces de lograrlo. Dirán que sólo ellos pueden producir semilla no contaminada; que lo más que pueden hacer los campesinos es reproducir la semilla que ellos entreguen. Dirán que aquellas comunidades cuyo maíz ha sufrido contaminación deben quemar su semilla, o entregarla para que se descontamine. Tal vez dirán, de manera lamentable, que no se puede descontaminar cada población contaminada, y que por tanto habrá que resignarse con descontaminar una población “representativa” por variedad, la que habrá que distribuir a lo largo y ancho. Y quizá después digan de manera aún más lamentable que es imposible descontaminar todas las innumerables variedades locales ya contaminadas, y que habrá que resignarnos a que tales variedades se pierdan —tal vez de manera obligatoria— para evitar la re-contaminación.

O quizás digan algo distinto, pero si emprenden o anuncian acciones pensando que son ellos los que pueden definir, diseñar, dirigir o implementar los esfuerzos de descontaminación, están irremediablemente destinados a cometer errores tanto o más dañinos que la contaminación misma.30

Mientras este proceso se diseminaba por sierras y quebradas, las instancias de gobierno, los organismos internacionales y las agroempresas continuaban su escalada. En diciembre de 2002 el ine presentó oficialmente los resultados de sus investigaciones a partir de nuevos estudios que realizó en Oaxaca y Puebla, que corroboraban que en el campo mexicano crecía maíz transgénico. El ine y la Conabio dieron seguimiento a los estudios de las siembras de maíz de Oaxaca, donde en 2001 las mismas comunidades de la Sierra Norte detectaron la presencia de transgénicos e informaron del hecho a las autoridades. En marzo de 2003, después de asumir la presidencia de la Comisión de Bioseguridad, Víctor Villalobos, subsecretario de Agricultura y asesor de las empresas transnacionales que producen transgénicos, declaró en El Financiero del 10 de marzo que trabajaría “para terminar con la moratoria que impide la siembra de maíz transgénico”. En esa misma entrevista, Villalobos afirmaba que el escape transgénico en el país era “un laboratorio natural” para ver qué ocurría con la contaminación.

Pero el embate no paraba ahí. En abril de 2003 (coincidiendo casi con el indigno Acuerdo para el Campo anotado más arriba), la Cámara de Senadores aprobó la iniciativa de Ley de Bioseguridad, faltando discutirla en la Cámara de Diputados para convertirla en ley. Desde ese momento, diversas organizaciones campesinas, ambientalistas y de la sociedad civil (entre ellas Greenpeace y el Grupo de Estudios Ambientales, gea) argumentaron que el proceso de redacción de la iniciativa de ley era completamente irregular, falto de consulta pública e ignorante del principio de precaución, fundamental para proteger la biodiversidad y los centros de origen de los cultivos.31

Hacia septiembre estuvieron listos los resultados de los diagnósticos autónomos. En un documento interno, los participantes anotaban algunas reflexiones, previas a la publicación:

...organizaciones campesinas, indígenas y civiles nos hemos organizado para analizar la situación en nuestras comunidades y plantearnos qué hacer frente a ella. Nuestros análisis de maíz campesino muestran contaminación en varios otros estados de México, y es dable pensar que hay contaminación en todo México.

Todos los estudios, desde la primera denuncia basada en los datos de los investigadores de la UC Berkeley Ignacio Chapela y David Quist en el 2001, los posteriores del ine, la Sagarpa e inifap, así como los realizados por organizaciones campesinas y de la sociedad civil hanconfirmado la contaminación. Comprobamos que existe en muchos otros estados y comunidades aparte de las primeras que se dieron a conocer en Oaxaca y Puebla. Hemos encontrado contaminación en Veracruz, Chihuahua, San Luis Potosí, Estado de México, Tlaxcala, Morelos y en otras áreas de Puebla (Sierra Norte) y Oaxaca (Sierra Sur) lejanas de las anteriores y que no habían sido muestreadas. Esto lamentablemente no significa que los demás estados de México no estén contaminados, sino que se necesita hacer muchísimas más pruebas. Lo que sí sabemos es que la contaminación existe de Norte a Sur y de Este a Oeste del territorio mexicano.

Desde que se conoce la contaminación en el 2001, hasta ahora, el gobierno de México, a través de la Sagarpa y la Cibiogem, como la industria biotecnológica —principalmente las cinco empresas dueñas de los transgénicos— y gran parte de la comunidad científica, incluyendo a representantes de la Academia Mexicana de Ciencias— se han dedicado primero a inventar argumentos para negar la existencia del problema y luego a decir que la contaminación no tiene importancia y en algunos casos, hasta que sería positiva. El próximo paso es lograr que se acepte como un hecho irreversible la contaminación y que por tanto haya que resignarse a la presencia de transgénicos en el país, dando de paso el mensaje al resto del mundo de que si la ya está contaminado el centro de origen y diversidad del maíz, no importa su presencia en todos los otros países.32

En paralelo, entraba en vigor el Protocolo de Cartagena sobre Biodiversidad, del cual México es signatario. A partir del 11 de septiembre del 2003, México está en infracción de las normas de este Protocolo Internacional por sus importación de maíz de Estados Unidos que contiene transgénicos sin segregar. Sin embargo, ante las declaraciones del secretario del Ambiente mexicano en la reunión ministerial de Cancún, el documento interno citado, previo a la publicación de resultados autónomos, no dejaba de anotar:

Recientemente, el nuevo secretario de medio ambiente (Semarnat) Alberto Cárdenas, afirmó el 7 de septiembre 2003 en Cancún, en una de sus primeras apariciones en público, que ya se sabía que no habrá “ninguna afectación negativa para la identidad de los maíces criollos” y que los transgénicos no son ningún problema para el ambiente y la salud, al contrario, su Secretaría impulsará la biotecnología. Hasta hoy no ha podido explicar en qué argumentos y evidencias basa tales afirmaciones, pero muestra claramente sus intereses y a quienes quiere favorecer.

Por otra parte, instituciones internacionales como el cimmyt —que tienen el mayor banco de genes de maíz público del mundo, tomado de miles de variedades de maíces desarrollados por campesinos y campesinas en México y otras partes— no ha ni siquiera reconocido la existencia de la contaminación, se ha limitado a decir que hacen falta estudios, al mismo tiempo que tiene varios programas de desarrollo de maíz y trigo transgénico. Esta actitud del cimmyt es deplorable y muestra que no son dignos de hacerse cargo de tal acervo histórico. El banco de germoplasma del cimmyt, al igual que otros bancos de genes como los del arroz, papa, etcétera, del sistema cgiar, deberían pasar inmediatamente a ser responsabilidad de organismos internacionales públicos y controlables por los campesinos e indígenas, que garanticen que nada de estos materiales ni sus componentes sean patentados en ninguna forma en ningún país, que no tenga ingerencia de las empresas multinacionales, y provea a los campesinos facilidad para el acceso a las muestras contenidas en el banco y que la participación campesina defina la orientación de la investigación y aplicaciones que derivan del uso de estas muestras.

Tampoco se ha hecho nada efectivo desde organismos como el Convenio de Diversidad Biológica y la fao para que el tema de la contaminación transgénica en centros de origen o diversidad (que además del maíz amenaza otros cultivos de gran importancia cultural, social y económica como el arroz, la papa, el trigo) sea tomado seriamente, exigiendo la aplicación de un estricto principio de precaución.33

Finalmente, el 9 de octubre de 2003 Casifop, Ceccam, el Colectivo de Educación y Desarrollo Integral de la Mujer ( cedim), Cenami, la Comision de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos ( cosyddhac), Contec, el Centro Regional de Educación y Organización ( creo) el Grupo etc, Greenpeace México, gea, Guerreros Verdes, la Organización de Agricultores Biológicos ( orab), Regionalización Tuxtleca, la Unidad Indígena Totonaca Nahua (Unitona), ajagi, unorca y unosjo, hicieron públicos los resultados de los muestreos de diagnóstico independiente. En ellos señalaban:

El 9 de octubre de este año, organizaciones campesinas, indígenas y de la sociedad civil hicimos públicos los resultados de muestreos de maíz en 138 comunidades campesinas e indígenas de México, reportando contaminación transgénica del maíz campesino en 33 comunidades de Chihuahua, Morelos, Durango, Estado de México, San Luis Potosí, Puebla, Oaxaca, Tlaxcala y Veracruz. Encontramos hasta 3 diferentes transgénicos en la misma planta, correspondientes a maíz tolerante a herbicidas y maíz insecticida con la toxina Bt. Detectamos en esos Estados contaminación con maíz transgénico “Starlink”, prohibido para consumo humano en Estados Unidos. Todas las secuencias están patentadas por alguna de las 5 multinacionales que controlan globalmente la producción de transgénicos.

Estos resultados —que confirman la contaminación anunciada por el ine-Conabio en 2001— se hicieron con el esfuerzo de campesinos, indígenas y organizaciones de la sociedad civil, frente a la falta de acciones del gobierno sobre la contaminación. Son sólo una pequeña muestra de la gravísima contaminación, seguramente presente en muchos otros Estados.

La Sagarpa, sin tomar cuenta de la contaminación y ocultando hasta sus propios estudios que la demuestran, sigue promoviendo la fuente principal de contaminación: las importaciones de maíz de Estados Unidos. Maíz que llega mezclado con transgénicos y subsidiado, compitiendo deslealmente con los campesinos de México. Víctor Villalobos, promotor de los transgénicos y amigo de las multinacionales que los producen, es representante de Sagarpa en la presidencia de la Cibiogem. Desde allí anunció el pasado lunes que levantará la moratoria que impide la siembra de maíz transgénico. En lugar de este cinismo, debería dar inmediatamente a conocer los resultados de los estudios sobre contaminación que tiene la Cibiogem/Sagarpa al público y a las comunidades muestreadas, a las que se les han negado, y escuchar lo que piensan las víctimas de la contaminación.

El Senado de la República, con el apoyo de todos los partidos —al igual que con la Ley de Derechos y Cultura Indígena— aprobó irresponsablemente y contra las protestas de organizaciones civiles y campesinas, una Iniciativa de Ley de Bioseguridad, ahora en Cámara de Diputados. Esta iniciativa de ley, de aprobarse, legalizará y aumentará la contaminación, ya que no se basa en el principio de precaución, no tiene en cuenta la situación de México como centro de origen del maíz y muchos otros cultivos y concentra la decisión de liberación de cultivos transgénicos en la Sagarpa, que ha sido cómplice y promotora de la contaminación.34

Mientras esto ocurría, Víctor Villalobos, subsecretario de Agricultura y presidente de la Cibiogem, firmaba un acuerdo con Estados Unidos y Canadá, donde los exceptuaba de cumplir con las exigencias del Protocolo de Cartagena y de pagar indemnización por contaminación con transgénicos, si las exportaciones de esos dos países a México “sólo” tenían un máximo de 5 por ciento de contaminación. “También los exceptuaba de declarar o pagar, si la contaminación no era intencional. (5 por ciento es un porcentaje propuesto por las multinacionales. En ningún país del mundo se acepta un porcentaje tan alto para decir que algo ‘no’ es transgénico)”35.

El escándalo se hacía público e internacional, y uno de los logros centrales del muestreo independiente fue que las organizaciones civiles y sociales, las comunidades —esas tan despreciadas por gobierno y empresas— salían al paso de la irresponsabilidad gubernamental y divulgaban la contaminación que las dependencias no habían tenido el valor de anunciar de forma tan contundente.

Asomaba también un aspecto que tal vez no fue tomado en cuenta en su momento pero que permite evaluar la generalidad de los resultados mostrados por la sociedad civil rural y urbana: con diferentes metodologías y grados de confiabilidad, independientemente de la metodología usada, de haber recurrido o no a laboratorios especializados, los datos confirmaban una vasta contaminación. Los vericuetos minuciosos de la misma podrían estar en entre dicho (el porcentaje al detalle, los sitios, la manera de dispersarse), pero en condiciones de una polinización tan fácil como la del maíz y dada su presencia en tantos y dispersos estados, no hay lugar a dudas: el maíz mexicano está contaminado con genes de maíz transgénico.

La respuesta internacional no se hizo esperar. Asumiendo muchos de los puntos incluidos en la publicación inicial de los resultados de los muestreos elaborados autogestionariamente por la sociedad civil rural y urbana de diversas regiones de México, y extendiendo la argumentación, se publicó una carta “a la opinión pública nacional e internacional” que firmaron 302 reconocidas organizaciones civiles, ambientalistas, sociales y políticas de Alemania, Argentina, Australia, Austria, Bangladesh, Bélgica, Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Croacia, Ecuador, El Salvador, Escocia, Estado español, Estados Unidos, Euskal Herria, Filipinas, Francia, Grecia, Hawai, Holanda, Hungría, India, Indonesia, Irlanda, Italia, México, Japón, Luxemburgo, Malasia, Nicaragua, Nueva Zelanda, Pakistán, Paraguay, Perú, Puerto Rico, Inglaterra, Rumania, Sri Lanka, Sudáfrica, Suiza, Tanzania, Ucrania, Uruguay, Zaire, Zimbabwe, incluidos los firmantes originales.

Pese al despliegue tan contundente de legitimidad, que aplaudía el esfuerzo autogestivo de las organizaciones y comunidades mexicanas, el gobierno hizo como que no oyó. En esta nueva carta, los firmantes enfatizaban:

La contaminación es un tema que concierne a todo el mundo, en tanto que el maíz es uno de nuestros cultivos alimentarios más importantes y México es reservorio de su diversidad genética, de la cual todos dependemos. Los cambios en la política que se están considerando ahora podrían poner al gobierno mexicano en el trágico papel histórico de haber permitido la destrucción de un recurso crítico para el futuro global de la seguridad alimentaria, y haber puesto en riesgo la herencia más preciosa de los pueblos indígenas y campesinos de México.

“Incertidumbre” es la palabra que mejor describe la tecnología de transgénicos hoy en día. No se conocen los impactos a largo plazo de la contaminación transgénica sobre la diversidad genética de los cultivos. Sin embargo, hay creciente evidencia que demuestra que los cultivos transgénicos pueden poner en peligro la estabilidad de los genoma de los cultivos y otros impactos negativos sobre la biodiversidad y el medio ambiente. La recombinación de bacterias transgénicas en plantas y animales y el potencial alegénico en quienes consumen cultivos transgénicos son también motivo de preocupación, así como la posibilidad de la contaminación con cultivos modificados genéticamente para producir substancias no comestibles, que van de plásticos a fármacos.

La presencia de caracteres patentados en el maíz de los campesinos, es particularmente preocupante porque las compañías biotecnológicas están promoviendo agresivamente demandas legales contra los agricultores por violación de sus patentes. Bajo la ley de patentes en Estados Unidos y otros países industrializados, es ilegal que los campesinos reutilicen semillas patentadas, o que cultiven semillas transgénicas sin tener un contrato para el uso de la tecnología. Los agricultores podrían ser obligados a pagar regalías sobre semillas transgénicas encontradas en sus campos, incluso si no compraron las semillas ni sacaron ningún provecho.

La contaminación de las variedades de los campesinos amenaza muchos centros de origen y diversidad, particularmente en el Tercer Mundo. Aunque se sabe de la contaminación transgénica en México desde hace más de dos años, ni los gobiernos ni las instituciones internacionales han tomado acciones para detenerla y proteger las formas de vida de los indígenas y campesinos, particularmente aquellos que viven en centros de origen y diversidad de los cultivos. El escape de genes es un problema global, no confinado al maíz en México. Entre otros casos, se ha reportado contaminación de las variedades tradicionales de maíz en Nueva Zelandia, algodón en Grecia, canola en Canadá, soya en Italia, papaya en Hawai. La comunidad internacional y el gobierno mexicano debe inmediatamente tomar acciones para detener y prevenir mayor contaminación de variedades tradicionales.

La organizaciones de la sociedad civil, las organizaciones campesinas y de pueblos indios debemos comenzar urgentemente un amplio proceso, liderado y en manos de campesinos e indígenas para apoyar el proceso de descontaminación que sólo podrá ser obra de éstos, ya que conocen intímamente los cultivos, el campo y sus procesos. Tal como reivindican las organizaciones mexicanas, este delicado proceso no puede ser obra de ningún técnico ni de los gobiernos que han permitido y hasta promovido la contaminación.36

En dicha carta, se exigía al gobierno mexicano, entre otras cuestiones, mantener la moratoria a la siembra de maíz transgénico en México, centro de origen del maíz, detener de inmediato las importaciones de maíz transgénico o no segregado, descartar la Iniciativa de ley de bioseguridad, “porque pese a su nombre, no está basada en el Principio de Precaución y no toma en cuenta que México es un país megadiverso, ni el punto de vista de los pueblos indígenas, los campesinos y las organizaciones ambientalistas en México”. Se le exigía también resistir la presión extrema de la industria biotecnológica y los científicos financiados directa o indirectamente por ella, incluidos los que detentan cargos en el sector público.

A las instancias internacionales se les exigió enfatizar el principio precautorio para prevenir mayor contaminación transgénica en las variedades tradicionales en cualquier parte del mundo. Reconocer que la contaminación representa una seria amenaza a la diversidad biológica, particularmente en los centros de origen y/o diversidad de los cultivos. Reconocer públicamente la contaminación con maíz genéticamente modificado en Mesoamérica y que otros centros de origen están amenazados por la liberación de cultivos transgénicos. Los firmantes llamaron a una moratoria inmediata contra la liberación de organismos genéticamente modificados, como semillas, o para procesamiento en alimentos o piensos, o para investigación, particularmente en aquellos países o regiones que forman parte de los centros de origen y/o diversidad de los cultivos.

Un punto crucial en la carta citada es que enfatizaba: “Debido a que todos los rasgos transgénicos están patentados, debe establecerse claramente que no se permitirá ni se aceptará ningún reclamo de propiedad intelectual de parte de las empresas transnacionales que han contaminado, y que por el contrario, se les hará responsables de la contaminación”.

Además, la carta concluía instando a la fao y el cgiar a presentar una estrategia específica para asegurar que “las accesiones en los bancos genéticos están protegidas de la contaminación —totalmente, tal como fueron recogidas de los campesinos antes de la contaminación, no estableciendo grados ‘de tolerancia’— y que el importante intercambio vital de recursos genéticos entre los bancos de genes y los mejoradores y campesinos no sea amenazado por el riesgo de contaminación”, además de asegurar “la integridad del germoplasma bajo su resguardo y que no existan reclamos de propiedad intelectual sobre este germoplasma ni ninguno de sus componentes”.37

Es decir, aunque la situación siga difícil aun hoy, a finales de 2003 la sociedad civil rural y urbana tuvo un logro sumamente importante pues exhibió al gobierno mexicano, alertó a la opinión pública nacional e internacional sobre los peligros de una contaminación que ya está aquí, inició un proceso de reflexión permanente en diversas regiones del país, desde abajo, y comenzó a plantear posibilidades para revertir el proceso de contaminación. Ahondó el camino emprendido por los pueblos indios desde abril de 2001, es decir el camino de la autonomía en los hechos, porque con el gobierno no se cuenta, y rompió —y lo sigue haciendo— cercos regionales para discutir y actuar, acorde a los intereses de justicia y cuidado que la población reconoce como urgentes.

 

La ley de bioseguridad

Uff. A estas alturas de un debate escandaloso, con tan impresionante complejidad de vericuetos, matices y componendas por remontar, algunas organizaciones, con muy buena intención, comenzaron el intento de “ya que no se puede frenar la Ley de biodiversidad, intentemos suavizarla”. Ante la andanada de discusiones, la investigadora Silvia Ribeiro, del Grupo etc, salió al paso con algunas precisiones que deberíamos considerar muy seriamente.

...Las mega corporaciones presionan para abrir todos los mercados y apropiarse de cada vez más sectores, desde recursos naturales hasta cadenas de producción y servicios.

El tema del maíz transgénico y la iniciativa de ley de bioseguridad están en el mismo marco. Apuntan al despojo a los campesinos y pequeños productores mexicanos a favor de las grandes transnacionales de semillas y distribución, que controlan este recurso estratégico. Quién controle las semillas tiene la llave de la cadena alimentaria.

Sólo cinco empresas transnacionales son dueñas de la totalidad de las semillas transgénicas cultivadas comercialmente en el mundo: Monsanto, Syngenta (Novartis + AstraZeneca), Bayer (Aventis), Dupont (Pioneer Hi-Bred) y Dow. A Monsanto que tiene el 90 por ciento de este mercado, le ha ido bastante mal: sus acciones cayeron de 51 dólares en 1999 a 25 dólares actualmente. Sus productos encontraron una fuerte resistencia de los consumidores por los riesgos a la salud y al medio ambiente, fundamentalmente en Europa y Japón.

Conquistar el mercado mexicano es particularmente importante, sobre todo en maíz, porque daría el mensaje de que una vez liberados en el centro de origen, los demás países tienen menos argumentos.38

Silvia Ribeiro afirma que esta conquista se topó con dos trabas, y que la Ley de bioseguridad (la paradoja o el engaño está en el nombre) resuelve por lo menos la segunda de ellas. La primera es una moratoria que el subsecretario Villalobos ha decretado levantarla “de facto” en varias ocasiones. La segunda es “la falta de vías legales para comercializar maíz transgénico”. Ribeiro recalca:

La otra “traba” es la falta de legalidad: por eso el gran apuro para que el Congreso de la Unión apruebe una ley de “bioseguridad” que fue diseñada a la medida de las transnacionales.

Una de las cosas más perversas de esta iniciativa de ley de “bioseguridad”, es que nombra muchos temas cruciales que deben tenerse en cuenta. Pero el mismo texto los acota, dejándolos irreconocibles y asegurando que no pasen de retórica. Se dice que se garantizará la protección de la salud humana, el medio ambiente y la diversidad biológica, pero en un nivel “adecuado”. (¿a quién?), y para ello no se habla de principio de precaución sino de “enfoque”, rematando con la afirmación que se aplicará “conforme a las capacidades”. Cuando haya “peligro de daño grave o irreversible” se tomarán medidas “en función de los costos”. Es como decir que existe el principio “no matarás”, pero como un enfoque, que se aplicará si hay capacidad, en caso de que sea “adecuado” y no sea muy caro. Todo el texto está plagado de situaciones similares.

Nunca antes de los transgénicos se habían movilizado tantos recursos públicos internacionales y nacionales para beneficiar a tan pocos, obviando además las preguntas fundamentales: ¿se necesitan los transgénicos? No. Hay enorme cantidad de alternativas sin riesgos y que afirman la soberanía y la producción nacional. ¿ A quién benefician? [...] es otro poderoso instrumento para seguir enriqueciendo a las transnacionales a costa de los recursos básicos de la mayoría de la gente.39

Tal vez el público internacional no reconozca en la redacción de esta ley un estilo que es rampantemente una estrategia de “reconocer” acotando, de tal modo que lo “contemplado” en las leyes termina no teniendo filo y lo que es peor, frena la posibilidad de que las leyes sirvan de paraguas real a los derechos de una gran mayoría del pueblo mexicano. Ocurrió así. La historia lo recuerda en la aprobación de la reforma en materia de derechos y cultura indígena aprobada en abril de 2001. En 2003 el Acuerdo Nacional para el Campo fue una muestra más que indigna de esto mismo. En lo tocante a esta Ley de bioseguridad se sigue la misma tendencia.

Ante esto, se han abierto dos vertientes en la sociedad civil mexicana. Quienes consideran que se puede modificar, aunque sea un poco la famosa ley, y quienes —sabedores tal vez de las mañas del gobierno mexicano—, intentan trabajar a contrapelo de cualquier previsión contraria a la justicia.

Por las mismas razones invocadas por Silvia Ribeiro, en la reunión de la Región Centro Pacífico del Congreso Nacional Indígena, celebrada el 30 de noviembre en Ayotitlán, en el territorio nahua de Jalisco, los participantes de los pueblos amuzgo de Guerrero, nahuas de Veracruz, Puebla, Jalisco, Colima y Morelos, los hñañú del Estado de México, los wixaritari de Jalisco y Durango, los zapotecos del Istmo oaxaqueño y los purépecha de Michoacán declaraban:

[...] Con gran preocupación pudimos observar que los poderosos de dinero, en complicidad con el gobierno mexicano, siguen empeñados en el exterminio de nuestros pueblos; que nuestros problemas agrarios siguen sin resolverse y que nuestras propiedades comunales y ejidales siguen siendo invadidas o despedazadas por los programas agrarios oficiales; que nuestras plantas y saberes tradicionales se los roban las universidades y las grandes empresas extranjeras para sólo lucrar con ellos; que nuestras semillas de maíz nativo están siendo contaminadas por maíces transgénicos que ponen en riesgo no sólo la diversidad existente de semillas nativas, sino la vida misma de nuestras comunidades y su organización tan milenaria como el cultivo de maíz; que por medio de la represión y las leyes indigenistas, hechas a la medida de los intereses de quienes nos mantienen dominados, tratan de doblegar nuestra resistencia, destruir nuestras culturas y robar nuestros territorios.

Sexto. Exigimos la inmediata moratoria, dentro del territorio nacional, a la introducción, comercialización y cultivo de semillas de maíz transgénico, y llamamos a las comunidades indígenas y campesinas para que impidan en sus territorios la introducción de semillas bajo sospecha y resguarden, conserven y multipliquen sus semillas nativas.

Séptimo. Llamamos a todos los pueblos indígenas del país a no retroceder en el difícil camino emprendido y a seguir construyendo y fortaleciendo al Congreso Nacional Indígena como la Casa de Nuestros Pueblos.

 

El segundo Foro en Defensa del Maíz

Los logros autogestionarios, cuasi invisibles, pero plenos de sugerencias de trabajo y reflexión, hicieron inevitable convocar a un segundo foro en defensa del maíz, que ocurrió a principios de diciembre de 2003. Una de las preocupaciones presentes era discutir propuestas independientes, factibles, para prevenir la contaminación en los lugares a los que no ha llegado, al tiempo de dilucidar si era necesario profundizar el muestreo en busca de contaminación transgénica en otras regiones del país.

Varias preguntas cruzaron la reunión: ¿es crucial impulsar bancos de semilla en cada comunidad?, cómo propiciar el intercambio de semillas seguras?, qué hacer con los predios que ya están contaminados, cómo proseguir en la discusión hacia abajo.

Por su importancia, y porque dará pie a la discusión final, resumimos las principales conclusiones con base en la sistematización que de la reunión hizo Andrés Barreda, investigador de Casifop.

De acuerdo a las discusiones del segundo Foro, a nivel de milpa es vital fomentar la defensa, el reconocimiento y la redifusión de las técnicas tradicionales de cultivo (agronómicas, ecológicas, medicinales y otras) incluidos los nuevos conocimientos del cultivo orgánico, para desde ahí estructurar un proceso de descontaminación de largo plazo. La conjunción de técnicas tradicionales y agricultura orgánica pueden ser una herramienta poderosa si además se refuerza la diversificación de las parcelas y del cultivo de traspatio. Es vital que las comunidades cuiden de sólo sembrar en sus milpas semillas de maíces tradicionalmente conocidas. Como uno de los problemas que adolece el cultivo de maíz, y que es causa de migración en muchas regiones, es que no existen ni subsidios ni fomento ni precios de garantía que apuntalen la economía campesina, por lo que es vital allegarse subsidios autónomos y precios de garantía propios (regionales), tal vez vinculando la iniciativa con las organizaciones de migrantes.

Si asumimos que la contaminación está muy generalizada y que el gobierno mantiene vigentes las fuentes externas de contaminación, se considera que sería desgastante y sin sentido continuar con los diagnósticos de contaminación pues sería una sangría permanente de los escasos recursos con los que se cuenta. En cambio, habría que confiar en el proceso de prevención y curación natural, propio del proceso milenario de relación mutua entre el maíz y los humanos, circunscribiendo el diagnóstico preciso para los caso de maíces deformes u “otros que las propias comunidades decidan”. Aunque no se pide detener la investigación científica, es claro que la solución al problema de contaminación del maíz transgénico, por su extraordinaria complejidad, sólo puede ser resuelta (si es que tiene solución) en el largo plazo, siendo los principales actores de la descontaminación los propios pueblos campesinos e indígenas. Para lo cual se requiere escuchar al maíz y a la tierra, a los saberes y las necesidades de los pueblos del maíz y a nuestro corazón.

A nivel de las comunidades y territorios indígenas, sigue siendo prioridad reforzar la autonomía, la organización comunitaria, resaltando la lucha por la defensa del maíz con la lucha por el territorio y el autogobierno. Así, cuando la asamblea es la máxima autoridad, pueden impulsarse políticas agropecuarias propias. Es evidente, según plantearon los participantes, que en sus estatutos comunales y reglamentos ejidales puede establecerse la prohibición de la siembra de transgénicos, lo que conduce a una moratoria de facto decretada por los pueblos indios y campesinos en torno al consumo, la siembra y el trasiego de maíz transgénico. Una previsión adicional implicaría no permitir la entrada de semillas forrajeras al tiempo de evitar comprar en las tiendas de Diconsa, propiciando de paso la comercialización propia, en las regiones que se pueda.

Habiendo iniciado un camino propio, se insiste en no permitir que el gobierno se apropie, emprenda u obstaculice la identificación comunitaria de maíz contaminado. Reflexionar sobre los propios saberes e iniciar un proceso de largo plazo sobre la propia vida, saberes y cultura indígena y campesina.

Conocer y difundir a fondo el problema en las familias y comunidades, para organizar mejor acciones de rechazo, estructurando desde allí una campaña nacional de información.

Algo que se consideró crucial, y que refuerza uno de los acuerdos del primer Foro en Defensa del Maíz es centrar la campaña en defensa del maíz en “el cerco a los pueblos del maíz y no sólo en la contaminación transgénica”.

Otro acuerdo vital es tender puentes con los consumidores de las ciudades, que reconociendo su propia historia, comienzan a entender el papel de los campesinos y los indígenas en alimentar a la gente de la urbe, por lo que habría que promover y realizar un sabotaje a los paquetes de ayuda alimentaria elaborados con transgénicos (Maseca, maíz regalado) y otro a todas las gaseosas endulzadas con jarabe de maíz transgénico. Buscar además alternativas de alimentación rural y urbana y profundizar la organización específica de los consumidores.

En el nivel nacional se recalcó el rechazo a la Ley de bioseguridad, exigir que se mantenga la moratoria a la siembra de maíz transgénico estableciendo alianzas para fortalecerla. Exigir y detener las importaciones agrícolas, exigir y realizar análisis químicos de los granos importados, fortalecer el tejido de redes entre organizaciones indígenas, de campesinos y de productores, para crear un piso que barra todos los niveles de la problemática que cerca al maíz y otros cultivos. Profundizar el encuentro con organizaciones independientes de migrantes, con el objetivo de dialogar sobre los problemas de sus comunidades, la importancia del maíz y la gestión de las remesas.

En el nivel internacional, desarrollar alianzas para defender los maíces locales y nativos como patrimonio de la humanidad, impidiendo (y luchando contra) su patentamiento.

Para fortalecer todo lo anterior se hace necesario asumir el principio precautorio como propio, promoviendo la conciencia de la complejidad del problema, los diferentes niveles y cruzamientos que entraña y lo específico de los niveles de acción y estrategia. Se hace necesario entonces sumar fuerzas en vez de fomentar las divisiones por aspectos puntuales, pero intentar respetar los propios tiempos y espacios para no someter el proceso al tiempo, las coyunturas y las agendas de la clase política.

 

El intento por convencer a la Comisón de Cooperación Ambiental

En paralelo, un grupo de organizaciones pidió una investigación ante la Comisión de Cooperación Ambiental, instancia trilateral constituida como parte del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. La CCA aceptó el caso y empezó un período de investigación. El 11-12 de marzo de 2004, la CCA presentó sus estudios, previos a sus recomendaciones en el caso, ante un grupo inaudito de más de 400 científicos, funcionarios, empresarios, autoridades indígenas y ong.

Los estudios establecieron el lugar central de maíz en la alimentación del pueblo mexicano y confirmaron la contaminación transgénica. A pesar del compromiso de hacer público sus recomendaciones, se atrasó la fecha para presentar las recomendaciones y hasta la fecha no se conocen. Salió a la luz el hecho de que las recomendaciones—ya escritas por consenso—fueron bloqueadas por el gobierno de los Estados Unidos, estrechamente vinculado con los intereses de las empresas de la biotecnología. Hasta la fecha, y contrario al reglamento y los compromisos públicos de la misma CCA, las recomendaciones siguen rehenes de estos intereses.40

Esta experiencia mostró las posibilidades y las limitaciones de llevar el caso a instancias gubernamentales y intergubernamentales. Aunque los resultados finales hayan quedado atorados debido a los fuertes intereses industriales y sus influencias en los gobienos, el proceso dio mayor visibilidad al asunto de la contaminación y ayudó a que se unieran más organizaciones indígenas y campesinas, así como investigadores y medios a nivel internacional. 41

 

El maíz

Después de 10 mil años de crianza mutua entre los humanos y un pasto que fue haciéndose al modo humano, al igual que los humanos aprendieron del maíz tantas cuestiones que es difícil resumirlas en un texto, el maíz se ha convertido en uno de los cereales estratégicos de la humanidad. Como bien señala Verónica Villa, del Grupo etc, “es inadecuado decir que el hombre domesticó al maíz. Porque fue un proceso de larga duración, de conversación entre los pastos (que dieron pie al maíz) y los pueblos originarios de Mesoamérica, lo que llevó a la conformación de esa relación que hoy conocemos como maíz, en realidad la milpa: todo un sistema de interacción entre el maíz, el frijol, la calabaza, el chile y otras tantas plantas, algunas medicinales. Por eso puede uno decir que el maíz es el menos ‘egoísta’ de los cultivos. ¿Tal vez sea esta diversidad la que le enseñó a los pueblos originarios la idea de la convivencia en la diversidad?”

Dice Silvia Ribeiro, también del Grupo etc: “El maíz —como todos los cultivos alimentarios que disponemos actualmente— es una planta ‘creada’ por los campesinos, fundamentalmente por las mujeres. México es reconocido como centro de origen de este cultivo, se han encontrado allí fósiles de maíz que datan de 5 mil a 7 mil años, y existen autores que afirman de su existencia desde hace más de 10 mil años... No subsiste en forma silvestre, necesita de la intervención humana para poder cumplir su ciclo de vida. El carácter colectivo del maíz es lo que ha mantenido su riqueza. Diversidad genética y diversidad cultural se desarrollan y alimentan mutuamente”.42

Como todo el saber, ser colectivo le da fundamento a uno de los rasgos más antiguos de los pueblos originarios que hace a muchos aludir a la cultura indígena para defender el maíz. Pero atender a la conservación de la cultura indígena para defender el maíz nos hace, con mucha frecuencia, caer en una trampa culturalista: pensar que el maíz es sólo un “rasgo cultural” que hay que comprender”, “tolerar”, en aras de ser políticamente correctos en una época de “multiculturalidad”. De ahí a proponer que la cultura o vía campesina es un aspecto del pasado al que hay que guardarle un nicho (si se pudiera en un museo, mejor) le permite a mucha gente la ignorancia de asumir muchos atropellos que podrían evitarse de entender que el modo campesino del mundo sigue siendo tan pujante que todavía hoy la mayor parte de la población mundial es campesina y que son ellos, justamente esos vilipendiados cuidadores del mundo, quienes alimentan al resto de la humanidad. En lo esencial por lo menos.

No es aventurado señalar que si llegaran a sucumbir esas comunidades indígenas que han cuidado del maíz, escuchando su voz milenaria que las cuida a ellas, el futuro de la humanidad se vería en entredicho. Debemos entender que la sola idea de que haya colectivos que no le piden permiso a nadie para ser, por el solo hecho de tener un cultivo del cual se alimentan como fruto de un trabajo comunitario, sin depender del exterior en gran medida, es lo que permite el cuidado del bosque, del agua, de los recursos naturales, de la biodiversidad y sobre todo de los saberes tradicionales y contemporáneos que conforman toda una manera de asumir la vida. Es allí donde el término cultura pierde filo y pasa a ser un matiz, porque el impulso vital creado por la comunidad entre la milpa (que es también una comunidad) y la comunidad humana, tiene un corazón político, estratégico y social que es inagotable. Es decir, en palabras de Verónica Villa, “defender el maíz no es nostalgia o filantropía”, sino apostarle a un modo de vida que ha demostrado ser vigente y tener un horizonte de propuestas de futuro. Dice Silvia Ribeiro, fundamentando el carácter estratégico del maíz:

Como cultivo “domesticado”, ha sido espectacularmente exitoso, ya que de un pasto no comestible, —el teocintle—, pariente silvestre aún presente en México, Guatemala y Nicaragua, se creó un cultivo comestible con muchos elementos nutritivos, de gran rendimiento y versatilidad, adaptada a muchos ecosistemas diferentes. El cuidadoso proceso de mejoramiento, producto del trabajo colectivo de siglos de miles de campesinas y campesinos indígenas, hizo posible su diseminación a toda Mesoamérica y gran parte de América del Sur y Norte. A la llegada de los conquistadores, el maíz se cultivaba desde los 45 grados de latitud Norte, donde hoy se encuentra Montreal, Canadá, hasta los 45 grados de latitud Sur, a casi mil kilómetros al Sur de Santiago de Chile.

La difusión del maíz a otros continentes se inició con la Conquista y llegó a constituir uno de los alimentos más importantes de los países europeos y posteriormente africanos y asiáticos, mostrando su alta versatilidad y potencial. Actualmente, el maíz es uno de los cuatro cereales que constituyen más del 50 por ciento de la alimentación en el mundo. Es alimento habitual directo de la cuarta parte de la población de mundo, y en 18 países ( 12 de América Latina y 6 de África), lo es de manera principal.43 El patrón de consumo en México es único, ya que el 68 por ciento del total de maíz —producido e importado— es utilizado directamente en la alimentación humana. A nivel mundial, el 21 por ciento de la producción tiene ese destino, el resto tiene otros usos, principalmente como forraje. El mayor productor y exportador de maíz a nivel global es Estados Unidos, pero su cultivo en ese país es mayoritariamente en agricultura industrial, basada en semillas híbridas, y actualmente más de una tercera parte transgénicas.

Las variedades tradicionales, particularmente de México, han sido y siguen siendo el reservorio genético más importante para el cultivo del grano en todo el mundo, y tienen no sólo un alto valor económico directo —para los millones de agricultores pequeños en todo el mundo que la producen y consumen alimentándose a sí mismos y sus familias— sino que también son una fuente invaluable de recursos genéticos para los cultivos industriales. No existe un estudio sistemático sobre el significado económico de esta contribución, pero se trata de millones de dólares anuales.

Pero la historia del cultivo de maíz tiene una extraña vuelta, pues si bien las agroindustrias y la industria de la alimentación son ávidas del grano y la Revolución Verde de los años cincuenta intentó crear variedades híbridas más resistentes y dúctiles a su siembra comercial, es un hecho que el cultivo fue arrinconado por quienes, sin percatarse del valor del maíz, comenzaron una escalada contra el maíz nativo —y todo su saber asociado— al comenzar la apropiación y la invasión rampante de los territorios indígenas, que como se ha señalado, son responsables directos de su vigencia actual. En privatizaciones sucesivas que comenzaron desde el siglo xvii, continuaron con fuerza en el siglo xix con las leyes de desamortización y tuvieron un nuevo repunte justo al inicio de la Revolución Verde con las leyes de terrenos nacionales, los pueblos indios se vieron despojados de vastas extensiones de su territorio ancestral y siguieron sembrando el maíz en las laderas y en las terrazas, a veces en condiciones de verdaderos alpinistas agricultores. El maíz lo resistió todo. Tal vez la clave se halle en el cuidado detallado que campesinas y campesinos pusieron en el asunto, conformando un tramado de saberes que hoy día parecen misteriosos.

Grain, una organización que ha pugnado por impulsar un trabajo cuidadoso de la vida campesina, sus saberes asociados y la potencialidad y problemas de la agricultura mundial, apunta algunas claves, parte de ellas producto del trabajo de la investigadora chilena Camila Montecinos:

La situación que vive el maíz es resultado de un largo proceso de agresiones contra el maíz mismo y contra todos los mecanismos y procesos sociales que lo hicieron posible, especialmente contra los pueblos que lo crearon, lo cuidaron y lo han mantenido vivo durante tantos siglos. Tales agresiones incluyeron desconocer todo el rico y sofisticado saber que sustenta los maíces locales, imponer formas de cultivo y consumo hipersimplificadas, destruir los sistemas locales de mantenimiento, mejora y distribución de las semillas y, por sobre todo, destruir su carácter sagrado y procreador.

El proceso de contaminación genética es, por tanto, una señal —quizás la más alarmante— de un conjunto de agresiones que continúan y pueden terminar con la riqueza y significado de una de las plantas cultivadas más importantes y más sofisticadas del mundo.

Qué se necesita para defender al maíz en su integridad —no sólo contra la contaminación genética. La única respuesta honesta que podemos darnos es: apoyar la restauración de aquellos sistemas, procesos y dinámicas que crearon el maíz y lo mantuvieron diverso durante tantos siglos. Ninguno de esos procesos es posible sin la permanencia de los pueblos indígenas y campesinos que los pusieron en marcha.44

Es cierto. En el siglo xx, por lo menos en México, tras décadas de privilegiar la agroindustria abandonando a su suerte a los campesinos de autoconsumo —por no ser rentables, dijeron— los sucesivos gobiernos sitiaron a campesinos e indígenas mediante políticas macroeconómicas nocivas para la agricultura de subsistencia mientras les entregaban compensaciones ridículas por los “daños colaterales”. La contrarreforma al artículo 27 de Carlos Salinas,como tal, disparó una creciente inseguridad en la tenencia de la tierra, abrió de nueva cuenta la especulación agraria, las invasiones y las expropiaciones, y posibilitó la entrada de los megaproyectos que hoy amenazan a cualquier comunidad rural cuyo sustento sea la agricultura. Se extremó así la creciente marginación social en el campo, se propició la expulsión de mano de obra a las ciudades o a los campos de jornaleros, el vaciamiento de los territorios o su copamiento urbanoide.

El delicado proceso del que hablan los investigadores e investigadoras de Grain y etc, se sumergió al fondo del tejido comunitario y dejó de ser visible fácilmente. Hoy, ante las más recientes escaladas contra los campesinos, los pueblos indios y los cultivos nativos, en particular contra los cultivos que se hallen fuera del mercado, aunque sea tangencialmente, y ante la invasión a los territorios más el deterioro ambiental que desencadena desequilibrios múltiples, es indispensable repensar la cultura campesina-indígena desde sus propios trayectos históricos, y reflexionar la recuperación de los saberes que hicieron posible la vigencia de un cultivo super fuerte.

Lo grave es que la visión positivista de la misma agro industria, que supone que teniendo la semilla tiene todo el tramado de relaciones que la hacen posible, entraña una especie de suicidio colectivo que tarde o temprano tendrá efectos incalculables sobre el “logro agronómico más importante en la historia de la humanidad”, para decirlo con Silvia Ribeiro.45

Pero cuáles son esos saberes detallados. En qué basan su fuerza, qué es lo que los hace rebasar la definición ñoña de la cultura (esa que añora lo maravilloso pero se resigna a perderlo porque el progreso es el progreso) para mostrarse como un paso gigantesco en la definición más vasta de lo que es la cultura (esa que abarca la potencialidad política, económica, social y ecológica de los saberes diversos y vastos). Según Grain:

La riqueza y diversidad del maíz es producto inseparable y absolutamente dependiente de la riqueza y diversidad humana. Son miles las variedades existentes, cada una es importante por algo, para alguien, para algo, y para el maíz en su conjunto. Ello se aplica incluso a las variedades que puedan aparecer como marginales o insignificantes. Todas son parte del mismo tejido. La pérdida de cualquiera de ellas es una pérdida de lo sagrado. Por lo mismo, el maíz jamás puede quedar en manos de un grupo, no importa cuán escogido o comprometido esté. El carácter colectivo de la crianza del maíz es lo que ha mantenido su riqueza. Lo que algunos no pudieron, otros sí conservaron. Lo que algunos hicieron mal, otros lograron —manteniendo la riqueza. Lo que algunos no probaron, otros sí, agregándole un nuevo atributo, o adaptándolo a nuevas condiciones, para continuar creando la plétora de variedades que hoy nos asombran. La riqueza no se detiene en la cantidad de variedades. Cada persona, familia o comunidad por la que pasa una variedad le agrega o transforma algo. Las variedades locales no son un conjunto de poblaciones iguales una a las otras, están en continua evolución, como corresponde a todo ser vivo, son conjuntos de poblaciones suficientemente cercanas como para reconocerse similares, pero lo suficientemente diversas como para impedir que exista una muestra “representativa”. Esto permite que cada año los buenos cultivadores renueven la semilla de sus variedades intercambiando con algún otro campesino de zonas cercanas o no tan cercanas. Si las variedades locales fuesen lo que los centros de investigación dicen, la renovación de la semilla sería imposible; el maíz sería muchísimo más pobre y frágil.

[...] Aunque los centros de investigación, mediante algún esfuerzo mayúsculo, fuesen capaces de respetar y mantener la diversidad del maíz, su integridad no estaría a salvo. Cada variedad de maíz refleja una conversación entre cultivadores y cultivo. Es una conversación que los más sabios llevan a cabo con gran cuidado y cariño, porque saben que el maíz no sólo da sustento y autonomía: es quien enseña a cuidarlo y mantenerlo. El saber en torno al maíz está asociado a la experiencia misma de mantenerlo, es colectivo y eternamente cambiante porque las conversaciones se comparten y nunca se repiten. Cuando la semilla se pone en manos de unos pocos, la comunicación y el aprendizaje queda en manos de esos pocos. Los sistemas de aprendizaje se deterioran, el cuidado del cultivo se deteriora, los procesos de dependencia se profundizan y eternizan. La autonomía, esencial para la sobrevivencia, sólo se mantiene en la medida que se ejerce.46

Lo anterior significa que la escalada contra el maíz, con todos lo terribles riesgos que entraña, está apuntalando un proceso de reflexión, una posibilidad de horizonte no contemplado por los planificadores y los poderes mundiales (las agro industrias y los gobiernos son quienes menos lo ven).

Este proceso de reflexión empata muchos tiempos dispares, algunos históricos, otros misteriosamente rozantes de lo sagrado, que hacen situar el problema de un cultivo con vastísimas potencialidades, con la toma de conciencia del papel que juegan los campesinos —entre ellos los pueblos indios centralmente— en el futuro de la humanidad. No sólo a nivel meramente “alimentario”. Ante el edificio enorme de procesos que nos dejan fuera de las decisiones, y que al mismo tiempo nos aprisionan en las previsiones de una enormidad aparentemente inabarcable, resulta que quienes ven la complejidad en muchas de sus dimensiones, quienes se hallan más cerca de las soluciones viables, son justamente los pueblos de maíz, por lo menos en Mesoamérica. La reflexión a la que se ven sometidos por la urgencia de sobrevivir —con dignidad y sentido real de ser— los hace revisar, en el camino autonómico que en México decidieron emprender ante el abandono y menosprecio de las instituciones de todo tipo, los hace entender que desde la milpa se ve el mundo entero. Que mantener su amorosa relación con el maíz, les permite el resquicio suficiente como para no pedir permiso de ser —lo repetimos— y como tal impulsar procesos de resistencia real, política, social, económica, epistemológica, de dignidad y de justicia.

Defender su relación con el maíz permite el sistema de cargos como servicio, eso que los zapatistas llaman “mandar obedeciendo”. Permite el resquicio necesario para emprender una reconstitución de su camino propio, y los hace entender el tramado de relaciones que posibilitan la existencia de su alimento-trabajo-relación con lo sagrado. El pueblo wixárika, por ejemplo, lo pone de esta manera:

  • Está bien: defender el maíz...
  • Pero defenderlo implica que los suelos puedan reconstituirse...
  • Entonces hay que cancelar los agroquímicos que lo han deteriorado, es decir, volvamos a las siembras orgánicas...
  • Pero entonces debemos propiciar que no haya tampoco deslaves ni erosión...
  • Está bien, para eso debemos reequilibrar el agua...
  • Está bien, pero eso implica entonces cuidar los bosques, pa’ que detengan la erosión, propicien las lluvias, refresquen con oxígeno la región...
  • Sí pero para eso debemos defender nuestro territorio y para hacerlo es necesario emprender acciones en pos de nuestros derechos agrarios y de pueblo...
  • Sí pero eso implica un trabajo de organización comunal real, donde quienes sean representantes, deveras obedezcan el mandato de la comunidad.
  • Eso a la vez implica entonces reforzar el papel de las asambleas comunitarias, ya no sólo comunales, cerrando la brecha entre las autoridades tradicionales y las agrarias —algo que los gobiernos intentaron siempre separar.
  • Entonces se hace necesario tener maíz, para que quienes asuman un cargo no se vean en la necesidad de trabajar en otras cosas, y al mismo tiempo sigan anclados a la tierra, como campesinos en igualdad de circunstancias que el resto de los comuneros.

Para los wixaritari, entonces, existe una especie de círculo mágico que arroja una propuesta de integralidad donde nada de lo que hagan puede estar desvinculado. Y entonces proponen una reconstitución integral de las comunidades, enfatizando la organización comunitaria y el cultivo del maíz como corazón de una resistencia —y por ende la posibilidad de una autonomía, ejerciendo plenamente su territorio en todos los planos, desde el más geográfico hasta el sagrado, pasando por la riqueza de las relaciones humanas y con todo, porque todo está vivo.

Aldo González, reflexionando sobre su región —la Sierra Juárez de Oaxaca—, hace también precisiones que emparentan con lo anterior y que impulsan mucho de lo acordado en el segundo Foro en Defensa del Maíz:

Sabemos que para resistir necesitamos seguir sembrando nuestro maíz y lograr, al menos, la auto subsistencia alimentaria. Nos percatamos que el gobierno no está dispuesto a dar un solo peso para ayudarnos realmente a rescatar nuestro maíz; que el dinero de los programas de gobierno que llegan a nuestras comunidades está envenenado, que quiere destruirnos, echarnos a pelear, dividirnos, hacernos dependientes, hacernos individualistas. Por eso estamos conscientes que somos nosotros solos los que tenemos que defenderlo; por eso hay que hacer un llamado a nuestros hermanos que fueron obligados a migrar a los Estados Unidos, a que nos ayuden a cuidar nuestro maíz, a que orienten a sus familias a no consumir los alimentos procesados que se venden en los supermercados que se instalan en nuestros lugares para que allí se gasten los dólares que ganan con el sudor de su frente. Que esos recursos sean utilizados para consumir los productos que se hacen en nuestras comunidades, que nos ayuden a fortalecer lo nuestro. A los que quedamos en nuestras comunidades nos toca también hacer lo propio. Tendremos que imaginar qué mecanismos nos serán útiles para elevar la producción de maíz. Tendremos que tomar acuerdos en nuestras asambleas comunitarias y regionales: allí está nuestra fortaleza, desde allí resistiremos.

Podrán aprobar las leyes que más favorezcan al capital en materia de bioseguridad o transgénicos. Así los legislador